Todo es un pozo. No veo la salida. Ayuda.

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Dobleele
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Todo es un pozo. No veo la salida. Ayuda.

Mensajepor Dobleele » 26 Jun 2015 11:59

Empecé a los 12. Creo. No lo recuerdo con exactitud. Tampoco su desencadenante. Mi madre dice que un médico me dijo que estaba rellenita y que ella decidió ponerme a dieta antes de que fuese a más. Sin embargo... Comprobando tablas, estoy bastante segura de que siempre estuve en un rango peso normal. Tanto antes como ahora.
Desde aquel momento en que por primera vez me impusieron un régimen, mi vida empezó a girar en torno a la comida. No volví a ser libre jamás de coger aperitivos que me ofrecían en casas de amigos o tapas en los bares. No volví a pedir refrescos sin que me temblara la voz. No volví a no arrepentirme por coger el último trozo a pesar de que estaba llena. O al menos no sin pagar un alto precio por ello, sin castigarme después de hacerlo.
Torné más estricta la dieta por voluntad propia a eso de los 13, porque quería adelgazar. Además, esto se agravó por el hecho de que sufrí constante acoso escolar a esa edad. Los insultos, las vejaciones constantes... Todo me llevaba a odiarme cada día un poco más.

Llegado a este punto, solo hacía abdominales y bicicleta estática, me pesaba a escondidas y de manera compulsiva, y cuando la báscula no marcaba un número que me parecía deseable, me echaba a llorar de rabia, agarrándome la piel y tirando de ella hasta hacerla enrojecer. Y digo solo porque la cosa en los años venideros no haría sino empeorar.
A los 14 comenzaron los vómitos. No sé cómo me vino la idea. En qué preciso momento introduje mis dedos sobre mi lengua gasta llegar a la campanilla y provocarme las primeras arcadas. No recuerdo qué sentí ni cómo excusaba aquella insólita práctica. Solo sé que lo hacía. Al principio, solo de vez en cuando, para controlar aquellas veces que creía haberme pasado en alguna comida. Después, comencé a hacer de este ritual una práctica diaria. Mientras esto ocurría, por decisión de mis padres (creían que había empezado a obsesionarme con el tema de la dieta y el peso), recibí tratamiento psiquiátrico con un especialista. Era un psiquiatra infantil y jamás supo por mí de mis vómitos. Sus consejos, sus... Preguntas. Todo eran para mí un trámite estúpido. No me ayudó.
Esta terrible práctica que me llevaba cada día sistemáticamente de la mesa del comedor al baño se alargó hasta los 15, cuando mis padres me descubrieron. Comenzaron a controlarme en las comidas y me prohibieron ir al baño después de las comidas. Incluso, a veces me obligaban a hacer mis necesidades o ducharme con la puerta abierta. Por aquel entonces, seguía acudiendo al mismo psiquiatra, que cuando supo por boca de mi madre lo de mis vómitos, se limitó a encogerse de hombros y decir que yo «no le había dicho nada». Obviamente interrumpí el tratamiento: mis padres se negaban a pagar a un profesional que no estaba haciendo su trabajo.

Después de unos meses de estricto control paterno, volví a las andadas. Tampoco recuerdo ni cómo ni por qué. Solo aquella sensación de ser una fugitiva, de tener que extremar precauciones para no ser pillada de nuevo in fraganti. Incluso, llegué a escapar de casa en bici después de cada comida para ir a vomitar al pinar más cercano.
Me di cuenta por mí misma de que esta situación no podía continuar e intenté dejarlo. Mis vómitos dejaron de ser diarios y se convirtieron en una práctica aislada. Una o dos veces cada mes como máximo. A menudo, ninguna en varios meses.

Cogí algunos kilos en ese espacio en el que relajé esta práctica. Supongo que esto fue una de las causas que me hizo recaer...
Volví a obsesionarme con el peso, me sometí a dietas muy estrictas a partir de calculadoras de calorías que resultaron poco o nada efectivas. Peso que perdía, peso que volvía a coger. Decidí ir a un endocrino que se negó a ponerme a dieta porque decía que estaba en mi peso... Empecé rutinas durísimas de ejercicio de hasta dos o tres horas diarias que solo me hacían incrementar de peso...
En esa tesitura, mi frustración tocó techo. Comencé una nueva dieta preconfigurada que pillé en Internet. Sin previsión médica ni leches. Excluí la pasta, el arroz o la patata de mi vida durante más de un año.
Durante este tiempo bajé de peso unos 5 o 6 kilos, pero a pesar de todo, la posibilidad de romper mi dieta, mis horarios de comidas y demás me impedían llevar una vida normal, salir con los amigos, quedar con mi pareja o comer fuera de casa...

En ese verano, sucumbí a una crisis bastante gorda. Motivada principalmente por otros asuntos. Establecí una rutina donde la tónica general era la apatía y el hartazgo. Empecé a beber más de la cuenta, sola, sin salir de casa. En este contexto, recuperé 4 de los kilos que había perdido y la cosa no hizo sino empeorar. Era un círculo vicioso: me sentía mal, no tenía ganas de hacer nada; no hacía nada, engordaba; engordaba, me sentía peor... Y así sucesivamente hasta que la situación se volvió insostenible.
Salía al estivo riguroso de mi localidad (holgadamente superior a 30 grados en las horas centrales del día) con chaqueta, pantalón largo y medias de compresión. El simple hecho de salir de casa o vestirme se convertía para mí en un auténtico reto. Y pasar por el hecho intermedio e inevitable de desnudarme... Un suplicio. Una tortura.
Junto a la apatía, estaba la debilidad, el hastío y el hambre. Todo ello me llevaba a atracarme con frecuencia, perdiendo el control. Y esto, a la consiguiente purga.
Los vómitos seguían sin ser diarios como en mis primeros años, pero... La práctica comenzó a hacerse más frecuente.
Cuando me di cuenta de que no podía salir de aquel agujero sola y de que aquello estaba acabando por amargarme la existencia, decidí pedir ayuda. Comencé un tratamiento psicológico y dietético (este último solo para aprender a comer correctamente; reitero que nunca estuve por encima de mi peso normal) que me devolvió la esperanza. En poquísimo tiempo perdí los kilos que quería y comencé a verme bien. Cambié totalmente mi forma de vida. Volví a comer fuera de casa, a comer de todo y sin miedo... Las dietas eran estrictas, pero equilibradas y pasado un tiempo seguirlas o incluso restringirlas para pasar algunos excesos puntuales, se me hicieron una tarea fácil.
Y ahí, caí en la anorexia. Llegué al borde de mi peso saludable y el dietista comenzó a incluir más comida en mis dietas, insistiéndome en que no podía perder más o estaría en bajo peso. Había perdido 10 kilos en aproximadamente 2 meses y seguía bajando a pesar de estar con planes de estabilidad y no adelgazamiento. La sombra volvía a cernirse sobre mí, aunque yo no quería darme cuenta...

Total, era cómodo: no tenía hambre. Era capaz de pasar horas y horas sin comer, o hacerlo pero en cantidades ridículas y no sentir un ápice de hambre. La comida dejó de seducirme. Y aquello me pareció estupendo. Sin embargo, estaba equivocada.

El psicólogo al que acudía entonces, es el mismo al que acudo ahora mismo. Nuestras sesiones apenas sobrepasan los 15 minutos y la mayoría de las veces no versan en mi trastorno, sino en otras materias.
Con el comienzo de este curso que acaba de finalizar, dejé de acudir a los dos médicos por falta de tiempo. Pensé que todo podría ir bien, que estaba recuperada y que tenía el asunto bajo control... Fui una ilusa.
En abril comencé con pastillas anticonceptivas y algunas de las advertencias del prospecto sobre aumentos de peso, volvieron a hacer visible al espectro de mi problema. Volví a tener miedo. Volví a obsesionarme con el peso y con mi imagen, a pesar de que me había mantenido clavada en mi peso.

En la actualidad, a pesar de que he vuelto a recuperar las sesiones del psicólogo antes de que las cosas se torcieran, lo cierto es que sé que mi problema quizás es más grave que nunca. He vuelto a los vómitos diarios, al hambre desaforada, a la debilidad, a los atracones a escondidas... Tengo miedo porque ahora mismo soy incapaz de frenar esto y no veo la salida. No le he dicho al psicólogo que he vuelto a los vómitos porque no quiero que me ingresen en un centro y eso pueda suponer obstáculos para mi relación de pareja (vivimos lejos y ya nos cuesta suficiente acordar fechas y lugares para vernos; cuadrar trenes, buses, casas libres y demás).

Hoy mismo, después de desayunar, he vomitado todo lo que había ingerido y he visto sangre en la porcelana del baño... Estoy aterrorizada y quiero dejar esto ya. Quiero poder comer y que me dé absolutamente igual engordar, adelgazar... Solo quiero ser normal... Como todo el mundo. Sacarme la comida de la cabeza por una vez... Y empezar a pensar en vivir y en ser feliz.


Gracias por leer.

Las palabras de ánimo se agradecen. Y los consejos también.
Nos leemos.

Laura.

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Eleniiuus
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Re: Todo es un pozo. No veo la salida. Ayuda.

Mensajepor Eleniiuus » 26 Jun 2015 15:35

Hola Laura. si te soy sincera me entristece leer tu historia y saber que has recaído. Yo creo que solo te puedo dar un consejo y es que le digas lo que estás pasando actualmente a tu psicólogo, tu salud es lo primero y tu pareja debe entenderlo. No pongas más en riesgo tu salud por el hecho de ver a tu pareja y tal vez el ingreso sea lo mejor para ti en este momento. Si te ingresasen, no pienses en lo que dejas atrás por un tiempo sino en lo que vas a poder ganar.
Como tú has dicho, quieres poder comer normal y para ello tienes que luchar de algún modo. Y si no, para evitar que te ingresen mejora por tu cuenta, yo lo hice así, cada vez que me decían de ingresarme ponía todas mis fuerzas en salir adelante, solo por el hecho de no parar mi vida.

Siento no poder decirte más, solo puedo decirte que salir de este infierno es lo mejor que puedes hacer nunca y que merece demasiado la pena. No te rindas y lo conseguirás :)

si necesitas cualquier cosa, no dudes en hablar conmigo, de verdad :D Mucho ánimo.
"Go ahead and believe that no one shines brighter than you. Become amazing, and be happy"


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